Nego pan

Don Miguel tenía el corazón tan endurecido como la costra del pan que horneaba cada madrugada. En su panadería, el aroma a levadura y azúcar era una promesa que rara vez cumplía con los necesitados.

Una tarde de invierno, un anciano de ropas raídas y manos temblorosas entró al local. No pidió dinero, solo un trozo de pan sobrante para engañar al hambre. Miguel, contando sus monedas con avaricia, lo miró con desprecio.

—Aquí se viene a comprar, no a mendigar —sentenció, arrojando el último bolillo a la basura antes de cerrar la puerta en la cara del hombre.

El anciano no protestó; solo lo miró con una tristeza profunda y se perdió en la niebla.

A la mañana siguiente, Miguel despertó con una sed insaciable. Bajó al obrador, pero algo iba mal. Al tocar la harina, esta se convirtió en ceniza gris. Desesperado, tomó un pan recién horneado, pero al llevarlo a su boca, el bocado se transformó en piedra fría, rompiendo uno de sus dientes.

Salió a la calle buscando ayuda, pero descubrió con horror que nadie podía verlo ni oírlo. Era un fantasma en su propio pueblo. Al mirar hacia el callejón, vio al mismo anciano compartiendo un trozo de pan fresco con un perro callejero. El viejo levantó la vista y, por un segundo, Miguel vio un brillo divino en sus ojos.

Había negado el pan a quien todo lo proveía. Ahora, Miguel poseía todo el oro del mundo, pero moriría de hambre en medio de la abundancia.

¿Te gustaría que convierta esta historia en un guion breve o que cree una imagen del panadero y el anciano?